ANÁLISIS ICONOGRÁFICO Y ARTÍSTICO DE LA NUEVA OBRA DEL ESCULTOR SACRO MANUEL LÓPEZ.
ESCULTURA -GABRIEL UREÑA PORTERO. JAÉN

 

El artista Manuel López, que ya cuenta en esta provincia con una indiscutible acreditación como escultor de obras sacras, es el autor del baptisterio que, desde hace unos días, luce la Catedral de Jaén. Si hace pocos años, en 1999, con obligada prudencia, nuestro joven escultor se atrevió con un altar en el que trataba de mitigar todo un despliegue de audacias iconográficas en el templo que Vandelvira impregnó de las más bellas armonías renacentistas, en esta ocasión, ha mostrado más ambición para sentenciar que la sensibilidad artística actual puede y debe tener asiento en el espacio simbólico proyectado por ese gran vanguardista que fue el maestro Vandelvira.

Colocada a eje con el altar, junto a la rejería que cierra el espacio del coro, en mármol blanco estatuario de Carrara, que el propio artista escogió en Italia, se levanta la una pila bautismal cuya verticalidad enfatiza la imagen en bronce de Cristo Resucitado. El blanco del mármol y la tonalidad verdosa del bronce se complementan con la pétrea geometría de la catedral y gana nueva intensidad con la sutileza de luces que se desparraman desde la hermosa cúpula de Juan de Aranda.

 

El juego de geometrías -cuadrados, octógonos, círculos- que estructura la pila, no sólo delata la precisión conceptual a la que tan fiel es Manolo López en sus creaciones artísticas, sino que le sirve, además, para entrar en el entramado de complicaciones matemáticas que estructuran el portentoso marco arquitectónico. La erudición y ortodoxia de significados litúrgicos y evocaciones mistéricas denotan el compromiso finalista que el artista sitúa en el primer plano de su quehacer artístico.


El baptisterio se alza sobre un espacio definitorio que su artífice ha cuidado con primor. Ahí el blanco alterna con otros cromatismos marmóreos. El espacio base es cuadrangular y , en las esquinas, cuatro medallones de bronce fundido recubierto con pátina de oro, que da un brillo especial, articulan el espacio, a la vez que simbolizan elementos claves en la dogmática revelada: La Fuente de la Vida, la Iglesia, La Eucaristía y el Lumen Vitae. El baptisterio propiamente dicho se articula en dos cuerpos plagados de una gran variedad de imágenes bíblicas, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento, que lejos de disgregar, subrayan el proyecto unitario de Dios sobre la creación y la salvación y, aunque en este caso la creación artística viene regulada por el discurso de la verdad teológica, no hay renuncia ni a la estética ni la autonomía del arte. En todo momento, el artista domina la obra que crea; se muestra contenido y lúcido, vigoroso y convincente, interesado por ofrecer un espacio real.

Las figuras no responden a fines ornamentales, sino que obedecen a la idea cristiana del despliegue del alma, así como a enfatizar el efecto purificador del agua bautismal. Predomina el ideal ascético al servicio de un proyecto comunicativo: la narración de la historia sagrada. El agua es signo de muerte, el agua es signo de vida. El blanco es el color de la inocencia. El verde identifica a la Iglesia triunfante. La verticalidad del conjunto escultórico marca el camino desde la ciudad humana a la civitas dei. El diluvio destructor con que Yavé castigó y seleccionó a Noé y los suyos; la claudicación del general sirio Naaman que requerido por el profeta Ezequiel, acabó, muy a su pesar, bañándose en el Jordán para sanar de la lepra; la curación del paralítico por Jesús... Son motivos destinados a provocar en el espectador, no tanto una concentración contemplativa como un interés, una curiosidad, casi, por el relato mismo.

Los recursos historiográficos del autor son abundantes y bien tramados: las figuras, como en el arte helenístico, son elegantes, densas, emergen en altos relieves tratados con gran minuciosidad anatómica. Como en el paleocristiano, al acabado plástico se  une una clara persecución del claroscuro y el esquema narrativo es continuo. El interés por los escultores renacentistas y su tratamiento de los materiales, de Ghiberti a Miguel Angel, es manifiesto: Cristo abrazando al resto de figuras y abrochando la historia es un homenaje al Bernini barroco.

El baptisterio de la Catedral completa así un elenco de obras de calidad de Manuel López: El Peregrino, cerca del Santuario de la Virgen de la Cabeza; El Descendimiento, en el convento de clarisas de Baeza; El Resucitado, en Burgos; y otras obras - evangeliario, puerta de Sagrario, altar - forman ya parte del patrimonio de la Catedral de Jaén. El arte religioso le viene reclamando obras a este artista tan preocupado por la solidez plástica de la obra, la simetría de la composición, la lexicografía simbólica y la creación de nuevas iconografías.